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LOS CAMINOS DE IGNACIO

4. EL CAMINO OBEDIENTE.

CONTENIDO:

1. Ignacio: ¿Mandón o mandadero?

2. Un servidor respetuoso del querer ajeno

3. Observador atento para amar con más eficacia

4. Tener cuenta con los hombres por amor a Dios

5. La Conciencia y la Libertad: "Principal y tan digna parte del Hombre"

6. Quitar los impedimentos

7. La Obediencia perfecciona la Libertad

8. Ignacio: Un superior que le ruega al súbdito

9. Ignacio: Superior por obediencia

10. Como Cristo y por Cristo

11. Obediencia en una cultura desacralizadora

NOTAS

 

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Para un buscador de la voluntad de Dios amorosamente apasionado, perpetuo e incansable como lo fue Ignacio, la obediencia a un superior se ofreció como un lugar sacramentario de encuentro de la libertad del hombre con la voluntad de Dios. (1)

Ignacio, con ser respetuoso al extremo del querer ajeno y con apreciar la libertad como el bien más preciado y como la fuente de la dignidad del hombre, ve, en el camino de la obediencia, el modo de alcanzar la perfección de la libertad y la senda por donde se llega a la consumación y perfección del amor. Y no a su destrucción como a primera vista podría parecer. Ignacio, habiendo experimentado y encontrado útil este camino, y pensando que podría ser útil también a otros, lo puso por obra en la Compañía y por escrito tanto en las Constituciones como, entre otras, en la Carta sobre la Obediencia.segunda(2) Ignacio obró en este particular a semejanza de cómo había obrado al escribir y dar los Ejercicios: "Algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían ser útiles a otros, y así las ponía por escrito". (Autobiografía 99). Aquí también Ignacio prescribe el camino de la obediencia porque fue, antes, el suyo, desde el comienzo al fin. Y en su búsqueda de la voluntad de Dios, para obedecerle amorosamente, desde el comienzo al fin, la voluntad de los demás le sirvió de signo eficaz, sacramentario, de la voluntad de Dios.

En esta reconsideración del muy estudiado tema de la obediencia ignaciana, sólo pretendo - para glosar la Anotación 2ª de los Ejercicios - exponer algunos puntos con breve y sumaria declaración, por si el lector encuentra alguna cosa que haga un poco más declarar o sentir este tema, y por si le ayuda a sentirlo y gustarlo internamente para hartura y satisfacción de su alma.

1. Ignacio: ¿Mandón o mandadero?

Lectores desprevenidos o impreparados de la Carta de San Ignacio sobre la Obediencia, o de otros textos suyos sobre este tema, por incurrir en lecturas fragmentarias o antológicas, por perder de vista sus correlaciones, por llegarse a él con preconceptos o bajo la influencia de interpretaciones deformadoras de su imagen y en algunos casos urdidoras de su leyenda negra...pudieron, pueden, pudimos o podemos, quedar con la impresión de que Ignacio haya sido un hombre gustoso de mandar y ser obedecido, autoritario, severo, duro, exigente, de estilo militar. Y que si alguna vez fue suave, lo haya sido por cálculo y política, como recurso de dominación manipuladora de los hombres, pero siempre más preocupado por la eficiencia que por la persona de sus súbditos.

Las relecturas militaristas o totalitarias de la obediencia ignaciana no son - es sabido - posibilidades irreales. Nii han bastado para desmentirlas, las innumerables anécdotas acerca de la ternura y dulzura casi materna de que era capaz el "Padre" Maestro Ignacio, las cuales son descalificables como presuntos maquiavelismos de un hombre flexible sólo por cálculo político, pero cuyo filo de acero se mostraba precisamente con los más allegados: Laínez, Polanco...que tuvieron a veces hasta que llorar sus brusquedades y dureza. En fin: que el verdadero Ignacio habría sido un mandón. Y el otro, sólo el patriarca fundador de una raza de hipócritas

La verdad verdadera es que Ignacio llegó al mando por obediencia. Y que por obediencia y sólo por obediencia consintió en permanecer en él, viviéndolo como una suprema y sublime forma de estar, por obediencia, al servicio del querer ajeno. O sea, si vale la paradoja, que Ignacio asume y ejerce el mando por el camino del mandadero. El mando fue para Ignacio el término, no buscado y rehuido, pero natural; inesperado, pero, considerándolo a posteriori, esperable y divinamente lógico, de un hombre escrupuloso en el respeto del querer ajeno. Y es al examen de esta gran paradoja de Dios en la vida de Ignacio, que quisiera atender, con la esperanza de que nos permita "sentir internamente" algunos matices entrañables de la obediencia ignaciana.

Llegado al mando por obediencia, este mandadero de las almas - y mandadero de alma él mismo - sólo podía mandar implorando, como lo hace en la Carta sobre la Obediencia a los de Portugal: "Y así como he comenzado quiero acabar en esta materia, sin salir de ella, con rogaros por amor de Cristo...". Y si al lector le pareciera que no, que por favor, me siga benévolamente a través de estas páginas y considere lo que en ellas le digo.

2. Un servidor respetuoso del querer ajeno

Voy a tratar de recuperar a continuación, a base de algunos textos, los rasgos que nos muestran al Ignacio respetuoso del querer ajeno y hecho servidor de los demás, para ayudarlos precisamente en el camino "de su mejor voluntad", a encontrar y hallar la voluntad de Dios y a disponer de acuerdo con ella sus vidas, sin determinarse por afecciones desordenadas que quitan la libertad.

Los Ejercicios Espirituales están al servicio del encuentro entre dos voluntades ajenas al Ignacio que los da: la voluntad del ejercitante y la voluntad de Dios. Y el Ignacio que da los Ejercicios, está en medio y afuera, como servidor del encuentro y de la comunión de la creatura con su Creador, dejando que ambos obren "inmediate" (Anotación 15ª, EE 15). Servidor de un encuentro, respetuoso de ambas libertades ajenas. Siempre un paso atrás del querer de la creatura, sin empujar jamás, ayudando siempre y sólo en lo que el otro quiera y pida ser ayudado. De alguna manera, el Ignacio que da los Ejercicios, obedece al que los recibe.

Pero este respeto por el querer del otro, que se manifiesta en los Ejercicios, es un caso particular de una disposición más general y amplia de Ignacio respecto de su prójimo. Ignacio se mostró siempre muy respetuoso del modo de ser y del camino propios de cada uno. En ese afán por respetar la idiosincrasia, extremó su capacidad de observador y su consideración por la diversidad de las creaturas y de sus caminos, reflejos del Creador, de Quien descienden "todos los bienes y dones" (EE 237).

El Padre Pedro de Rivadeneira nos refiere dichos del Padre Ignacio que ilustran esta atención y respeto por el modo de ser de cada uno:

"Ningún yerro es más pernicioso - decía - en los maestros de las cosas espirituales, que querer gobernar a los otros por sí mismos, y pensar que lo que es bueno para ellos es bueno para todos"tercera(3). "Es peligrosísimo querer conducir a todos a la perfección por el mismo camino, y quien esto hace, no entiende cuán variados y múltiples son los dones del Espíritu Santo". cuarta(4)

Aunque alguno pudiese aún seguir objetando que estas expresiones no prueban que Ignacio no fuera un manipulador, sí muestran que no era un déspota, al que no le importa avasallar a la persona sin tenerla en cuenta como tal. Y creo que son testimonio del mismo afán "no directivo" que encontramos en las Anotaciones del libro de los Ejercicios.

Ya las anotaciones 14-17 contienen claras directivas de Ignacio para que el que da los Ejercicios respete la libertad del ejercitante y no se inmiscuya en el diálogo de la creatura con su Creador, ni quiera influir en las decisiones, ni hurgar en su conciencia queriendo saber sus pensamientos ni pecados propios. Y no sólo ha de guardarse de influir en la decisión del ejercitante empujándolo en una u otra dirección, sino que ha de ser el guardián de la libertad del ejercitante contra los defectos de la libertad del ejercitante mismo, como pudieran ser la ansiedad, la precipitación, los arrebatos, los entusiasmos. Ignacio aconseja "ir un paso atrás del Espíritu Santo", o comportarse con los demás como un Ángel. Tanto es su respeto por la libertad ajena y tan poco deseoso se muestra de gobernarla.

Pero en la Anotación 18ª, Ignacio se muestra, desde el comienzo mismo de toda ayuda espiritual, atento y respetuoso con el querer y voluntad ajenos. Allí aparece como un hombre más hecho a escrutar, servir, obedecer y seguir el querer ajeno - o a aceptar los límites que le fija el no-querer del otro - que a imperar o mandar a los demás. Y menos que menos a manipularlos o mandonearlos.

La Anotación 18ª contiene la praxis de Ignacio, convertida en norma para el que da los Ejercicios. Según ella, se trata sólo de ayudar a "las personas que quieren tomar ejercicios". Y aún a éstas hay que dárselos "según que se quisieren disponer" y cortando la oferta a la medida de la voluntad del "que se quiere ayudar" y "si se afecta". El mero deseo del ejercitando o del candidato a posible ejercitante, es para Ignacio el límite respetabilísimo, casi venerando - como si fuera un sacramental de la gracia - de su oferta espiritual.

Como vemos por los Ejercicios, Ignacio no puso su confianza en los métodos directivos ni en la directividad sinuosa o indirecta. Simplemente, creyó en Dios y en que el hombre, cuando sigue su mejor querer y voluntad, es capaz de llegar a la comunión de voluntad con El, hasta aquél punto en que, habiendo hallado la mejor voluntad divina, el hombre es capaz de abrazarse con ella, desechando la propia desordenada. A Ignacio le era indiferente por cuál de los infinitos caminos posibles se encaminase a Dios y se encontrara con Dios un alma.

Ese respeto de Ignacio por el querer o el no-querer del otro, quedó, de hecho, como un legado suyo a la Compañía. Baste un ejemplo, que tomo del Directorio Oficial para dar los Ejercicios. Allí, al tratar de las condiciones que ha de tener alguien para ser admitido a Ejercicios de elección, se nos advierte que:

"...aparte del natural y aptas costumbres, se requiere también que aquél a quien se da la elección la desee y la pida. Y esto es absolutamente necesario; de lo contrario de ningún modo se le debe dar y mucho menos imponer y forzar al que no la desea". quinta(5)

3. Observador atento para amar con más eficacia

Ese deseo de hacerse útil en ayudar a los demás a alcanzar el fin común a todos por el camino propio de cada uno, es lo que hacía a San Ignacio tan atento, considerado, tan fino y sensible ante la idiosincrasia de cada uno y tan agudo observador de " todas las partes del subjecto".sexta(6)

El Padre Rivadeneira reconoce expresamente que esa capacidad de observación y consideración con cada uno, nacía de su "verdadero y sincero amor", es decir, de su deseo por el bien del otro, o sea de su Caridad:

"Decía que ayuda mucho el tener verdadero y sincero amor, y el mostrárselo con palabras amorosas y obras". Y algo más abajo enumera Rivadeneira entre esas obras: "Conformarnos con sus condiciones y condescender con ellas en todo lo que no fuese contra Dios (...) mirar las circunstancias (...) de las personas con que se trata" y tener "muchos ojos para ver bien la condición natural de la persona que se ha de tratar" (Pedro de Rivadeneira, Tratado del modo de gobierno que N.S.P. tenía, V,8; MHSJ, FN III, pp.626-627; en el Thesaurus...p.316).

La frase: "condescender con ellas en todo lo que no fuese contra Dios", contiene el mismo límite que Ignacio pondrá a la sujeción al superior en la obediencia religiosa:

"Es muy expediente para aprovecharse y mucho necesario que se den todos a la entera obediencia, reconociendo al superior, cualquiera que sea, en lugar de Christo N. Sor., y teniéndole interiormente reverencia y amor, y no solamente en la exterior ejecución de lo que manda obedezcan entera y prontamente con la fortaleza y humildad debida, sin excusaciones y murmuraciones, aunque se manden cosas difíciles y según la sensualidad repugnantes, se esfuercen en lo interior de tener la resignación y abnegación verdadera de sus propias voluntades y juicios conformando totalmente el querer y sentir suyo con lo que su superior quiere y siente en todas cosas, donde no se viese pecado, teniendo la voluntad y juicio de su superior por regla del proprio, para más al justo conformarse con la primera y suma regla de toda buena voluntad y juicio, que es la eterna Bondad y Sapientia" (7)

Esto sugiere que, en el ánimo de Ignacio, en el tomar a las personas como son, hay una forma amorosa de obediencia. Y nos hace pensar que Ignacio vivía lo que, recogiendo la enseñanza de San Pablo, escribe en las Constituciones:

"...en todo procurando y deseando dar ventaja a los otros, estimándolos en su ánima a todos como si les fuesen Superiores" (Constituciones P.3,c.1,4 [250]; el pasaje de San Pablo aludido por San Ignacio es Filipenses 2,3).

A la luz de lo dicho parece claro que es en la caridad apostólica y no en el afán de dominio, donde se funda, o arraiga, esa - también paulina - cualidad de Ignacio, de "hacerse todo a todos para ganarlos a todos" (1ª Corintios 9,22).

4. Tener cuenta con los hombres por amor a Dios

Este hacerse todo a todos, implica de manera principalísima el respeto de la voluntad y el querer del otro, e impide inferir cualquier género de violencia, aún en vistas de un fin espiritual.

San Ignacio, como su contemporáneo Santo Tomás Moro, está entre los adalides de los derechos de la conciencia en su tiempo. Un tiempo en el cual muchos no tenían las cosas tan claras, ni la misma visión al respecto.

Conviene recordar a este propósito la anécdota que nos trasmitió Rivadeneira y que ilustra cómo y por qué Ignacio se aparta de usos y costumbres aceptados por muchos en su época, referentes al gobierno y la obediencia religiosa, aún de algunos recibidos por el derecho canónico de la época:

"El año de 1553, pregunté yo a nuestro bienaventurado Padre, a cierto propósito, si era bien poner cárceles en la Compañía, atento que alguna vez se tienta el hombre de manera, que para vencer la tentación no basta la razón, y si se añadiese un poco de fuerza, pasaría aquel ímpetu, y aquel frenesí se curaría. Respondióme nuestro bienaventurado Padre estas palabras: `Si se hubiese de tener, Pedro, solamente cuenta con Dios nuestro Señor, y no también con los hombres por el mismo Dios, yo pondría cárceles en la Compañía; mas porque Dios nuestro Señor quiere que tengamos cuenta con los hombres por su amor, juzgo que por ahora no conviene ponerlas" (Pedro de Rivadeneira, Tratado del modo de gobierno que N.S.P. tenía, VI,25; MHSJ, FN III, p.633; en el Thesaurus..., p.324).

Afortunadamente, el P. Rivadeneira nos ha conservado la fecha de esta conversación. El año 1553, es el mismo año en que Ignacio escribe a los de Portugal su carta sobre la Obediencia. Es verosímil que haya sido en ocasión de estos asuntos, que el joven Rivadeneira le planteara a Ignacio su pregunta "a cierto propósito" oct(8)

Llama mucho la atención, en la respuesta de Ignacio, teniendo en cuenta su ponderación en las palabras, esa frase: "por ahora, no conviene ponerlas". No deja de ser asombroso que Ignacio pareciera dejar abierta la posibilidad para un futuro. No encuentro, según mis luces, otro remedio para mi asombro, que comprender ese "por ahora", en el sentido de que no será conveniente mientras dure en la Compañía ese amor del que viene hablando y que hace que en ella "se tenga cuenta con los hombres por amor a Dios".

Ignacio sabía por experiencia propia lo que era padecer cárcel por motivos religiosos y de conciencia. Había conocido por dentro las cárceles de la Inquisición. Es posible ver en este dicho, no sólo su opinión personal del momento, sino un juicio largamente madurado acerca de las prisiones aplicadas por motivos de conciencia o de religión. Y, por analogía, su juicio acerca de toda clase de violencia física o moral por dicho motivos. Ignacio espera que en la Compañía, la obediencia y el mando profluirán - como sucedía en ese momento: "por ahora" - de la "interior ley de la Caridad y amor que el Espíritu Santo escribe e imprime en los corazones" (Constituciones, Proemio [134]) y que eso hará innecesaria e inconveniente la prisión o cualquier otra forma de compulsión o de sometimiento violento, cualquier violencia física o moral.

5. La Conciencia y la Libertad: "Principal y tan digna parte del Hombre"

Conviene, en efecto, recordar el alto aprecio y estima de Ignacio por la conciencia, es decir, por el juicio, la voluntad y el libre albedrío. Nada hay más valioso que el hombre pueda ofrecerle a Dios, como sugiere Ignacio culminando los Ejercicios con la Oblación de la Contemplación para alcanzar amor:

"Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer..." novena(9)

Para Ignacio la obediencia es una oblación, y no - al menos no necesariamente o de ordinario - un holocausto. Es este un aspecto que merecería un tratamiento aparte. Pero siendo la voluntad, ofrecida por los votos religiosos, una ofrenda a Dios, ha de ser respetada como algo sagrado. La secularización, que acarrea la pérdida del sentido de lo sagrado, se manifiesta cuando invade la mente y el corazón del superior, con una pérdida del sentido sagrado de la libertad ofrendada por los súbditos. Fácilmente, pero sin advertirlo, se incurre en profanaciones y sacrilegio, cuando se dispone de libertades ofrecidas a Dios, sin la debida reverencia.

Los ejemplos y testimonios de esta alta estima de Ignacio, podrían multiplicarse, pero basten los que siguen:

"Se le ofrece más [a Dios] ofreciendo el propio juicio y voluntad y libertad, que es lo principal del hombre, que si cualquier otra cosa se le ofreciese" (Carta de San Ignacio a los jesuitas de Gandía, 29 de julio 1547; MHSJ, Epp.Ign. 12,331-338; en Obras Completas, (BAC), Carta Nº 39).

"Como esta voluntad es en el hombre de tanto valor, así lo es mucho el de la oblación, en que ella se ofrece por la obediencia a su Criador y Señor [...] "venciéndoos en la parte más alta y difícil de vosotros, que son vuestras voluntades y juicios" (Carta de San Ignacio a los jesuitas de Portugal (Carta de la Obediencia), 26 marzo 1553; MHSJ, Epp.Ign. 4,669-681; en Obras Completas (BAC), Carta Nº 87).

Estos textos siguen arrojando luz acerca de la alta estima de Ignacio por el querer del hombre y el porqué de lo antes visto en las Anotaciones de los Ejercicios, en particular la 18ª.

Una referencia a ese querer aparece también en el comienzo de documentos principalísimos de la Compañía. La Fórmula del Instituto, aprobada por el Papa Julio III, dice:

"Todo el que quiera militar para Dios bajo el estandarte de la cruz en nuestra Compañía"

También el documento que los jesuitas conocemos como Examen, contiene en su título completo, la referencia a la voluntad de los candidatos, que serán presumiblemente ejercitantes, liberados para esa decisión por el proceso purificador de los Ejercicios:

"Examen Primero y General que se ha de proponer a todos los que pidieren ser admitidos en la Compañía de Jesús".

Por fin, en la Declaración sobre el Proemio de las Constituciones, Ignacio anuncia que tratará, en la primera Parte: "del admitir a probación a los que desean seguir nuestro Instituto". (Constituciones, Declaración sobre el Proemio, [137]).

Parecería una verdad de Pero Grullo, recordar que en la Compañía están los que libremente han querido entrar en su obediencia. Para muchos, ésta ha sido la manera concreta de realizar la oblación madurada en los Ejercicios Espirituales, tras el proceso de liberación interior necesario para poder disponer por fin libremente de sí mismos. El inolvidable Chesterton recuerda en su ensayo sobre la "Superstición del Divorcio" que sólo hombres verdaderamente libres y dueños soberanos de sí mismos, pueden hacer entrega irreversible de sí mismos, contrayendo compromisos irrevocables como son el matrimonio cristiano, el juramento de vasallaje o la profesión religiosa. Sólo puede darse a sí mismo el que es dueño de sí mismo y libre para disponer de sí..

6. Quitar los impedimentos

Ignacio era muy sensible para captar el hecho de que lo que disminuye y quita la libertad al hombre, no son sólo, ni principalmente, las violencias exteriores (como la esclavitud), sino también las "afecciones desordenadas", es decir, los apetitos y temores desordenados. Mientras la Orden de la Merced para redención de cautivos se dedicaba a esa obra de misericordia con los esclavos de los moros, Dios suscitó a Ignacio y a la Compañía de Jesús para la liberación y redención de los esclavos de sus apetitos desordenados, de las cosas mundanas y vanas y del pecado (EE 63); presos en las "redes y cadenas" del "enemigo de natura humana" (EE 142, 325. En su obra "Diálogo de la Fortaleza con la Tribulación", el mártir Tomás Moro, alegorizaba hacia la misma época, acerca de las pasiones como moros y turcos que sitian al alma cristiana).

Para Ignacio, la Compañía era una unión de hombres libres, dedicados a una tarea de liberación de los espíritus, para darles aquella libertad que proviene de "la caridad y amor que el Espíritu Santo escribe e imprime en los corazones" (Constituciones, Proemio.). La libertad que conduce a las puertas de la Compañía e introduce en ella, se ha logrado quitando con la gracia divina los impedimentos interiores. La obediencia estará al servicio de la perfección de esa libertad.

7. La Obediencia perfecciona la Libertad

Para San Ignacio, en la obediencia se perfecciona nuestra libertad y se consuma la perfección del amor. La cosa resulta bastante obvia e indiscutible en lo referente a la voluntad de Dios, claramente descubierta y percibida por el ejercitante. No es, en cambio, tan obvia ni evidente cuando se trata de la obediencia a un superior. Y sin embargo, para Ignacio, también esto es verdad. También allí, en la obediencia al superior, la libertad se perfecciona y se consuma la perfección de la Caridad.

Quiero mostrar ahora cómo y por qué, Ignacio descubrió y vivió esto en su vida y lo enseñó en sus escritos. No me referiré, pues, a la obediencia directa a la voluntad de Dios, sino a su manifestación sacramentaria, a través de mediaciones: la autoridad en la Iglesia, la obediencia al superior religioso.

En efecto, para San Ignacio, la obediencia religiosa es un acto situado en el contexto de la vida eclesial y jerárquica; y por lo tanto en ella se realiza la perfección del amor, porque en ella - y sólo si en ella - se realiza la comunión con la voluntad de Dios. Esa voluntad, alcanza al obediente que tiene el "ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica" (EE 353), en virtud de que - como creemos - "entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Spíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra sancta madre Iglesia" (EE 365).

La voluntad de Dios se manifiesta y alcanza al obediente como descendiendo por una escalera o cadena de obediencias jerárquicas. Obedeciendo al superior inmediato, uno entra en comunión con la voluntad de Aquél a quien el superior eclesial a su vez obedece, Aquél que lo ha puesto de superior. La cascada jerárquica eclesial es una realidad sacramentaria. Los votos religiosos, y el de obediencia entre ellos, son "sacramentales".decima (10) La Iglesia jerárquica, en cuanto significa y opera la comunión con Dios, es "sacramento" de la comunión de voluntad con Dios, por la Caridad.

Ignacio tiene esta visión jerárquica, escalonada o eslabonada, del proceso de la obediencia y del mando. Y concibe también ese proceso como un doble movimiento, ascendente y descendente, situado en la historia del acontecer histórico-salvífico-eclesial. Esa concepción se refleja en el siguiente pasaje de la Carta sobre la Obediencia:

"Lo que tengo dicho sobre la obediencia, tanto se entiende en los particulares [=los súbditos] para con sus inmediatos Superiores, como en los Rectores y Prepósitos locales para con los Provinciales, y en éstos para con el General, y en éste para con quien Dios nuestro Señor le dio por Superior, que es el Vicario suyo en la tierra; porque así enteramente se guarde la subordinación y consiguientemente la unión y caridad, sin la cual el buen ser y gobierno de la Compañía no puede conservarse, como ni de otra alguna congregación".( Carta a los de Portugal sobre la Obediencia, ver nota 14).

En otros tiempos, este pasaje me sonaba a doctrina aprendida por Ignacio en las aulas universitarias, o a un trozo de Dionisio acomodado por Polanco. Hoy, cada vez más, me inclino a ver en él una semiconfidencia de lo entrevisto por Ignacio en la visión del Cardoner. Una visión mística temprana en la vida de Ignacio, que le permite escribir muchos años después, tres años antes de su muerte, sobre un asunto - el de la obediencia religiosa - llegado tardíamente a su vida, puesto que tardío es su superiorato. O quizás tenga que ver también con la visión tenida en la Storta, cuando iba a ponerse a las órdenes del Pontífice. Los que vivimos en nuestro siglo bajo grandes y santos pontífices, no nos imaginamos fácilmente la medida de fe que necesitó tener Ignacio para ponerse a obediencia de los de su tiempo.

No se trata tanto de doctrina teológica aplicada, cuanto de una autocomprensión mística de cuál es su propia ubicación en la historia salvífica, en el cosmos y en la Iglesia; y de cuál es el lugar que debe ocupar la Compañía en ese cosmos-eclesial-jerárquico:

"Y lo mismo se ve en la tierra en todas policías seglares bien ordenadas, y en la jerarquía eclesiástica, que se reduce a un universal Vicario de Cristo nuestro Señor. Y cuanto esta subordinación mejor es guardada, el gobierno es mejor, y de la falla de ella se ven en todas las congregaciones faltas tan notables. Y a la causa, en ésta de que Dios nuestro Señor me ha dado algún cargo, deseo tanto se perfeccione esta virtud, como si de ella dependiese todo el bien de ella". (Carta a los de Portugal sobre la Obediencia)

Ignacio - insisto - no está deduciendo consecuencias de principios teológicos. En toda la carta y aquí también, argumenta a menudo a partir del "deseo" que él siente. Aquí lo hace, además, desde su experiencia de verse colocado por Dios en su cargo, y por lo tanto obligado a obedecerle, gobernando la Compañía. Habiendo recibido el encargo de Dios - a través de la voluntad de sus compañeros que lo pusieron de General a pesar de sus resistencias - de conducir las voluntades de sus "particulares" [=súbditos] a la unión amorosa con la voluntad divina y de ubicarlos en el lugar de mayor gloria y servicio divinos, Ignacio se ve "colocado en medio" para servir a la unión de la Compañía con el Vicario de Cristo, y, a través de él, con Dios. Sea quien sea y sea como sea el Pontífice de turno, ése es el único camino y el único sacramento de la unión de la voluntad con la de Dios.

8. Ignacio: Un superior que le ruega al súbdito

Y he aquí que, llegando ya al final de la extensa carta sobre la Obediencia, topamos con algo sorprendente: El Superior General Ignacio, no manda, ruega. Y define el estilo y el género literario de toda su carta como "ruego":

"Y así como he comenzado quiero acabar en esta materia, sin salir de ella, con rogaros por amor de Cristo nuestro Señor, que no solamente dio el precepto, pero precedió con el ejemplo de obediencia [como también Ignacio, según veremos enseguida], que os esforcéis todos a conseguirla con gloriosa victoria sobre vosotros mismos, venciéndoos en la parte más alta y difícil de vosotros mismos, que son vuestras voluntades y juicios; porque así, el conocimiento verdadero y amor de Dios nuestro Señor posea enteramente y rija vuestras ánimas por toda esta peregrinación hasta conduciros con muchos otros por vuestro medio, al último y felicísimo fin de su eterna bienaventuranza". (Carta a los de Portugal sobre la Obediencia).

No son fórmulas, sino expresiones que colocan la obediencia en el contexto vital y doctrinal de Ignacio. Ese es el contexto que la hace inteligible. Fuera de él pierde sentido y se hace o imposible o nociva. Esta súplica final de San Ignacio, que se presenta no sólo como un ruego epilogal sino como la coronación de toda una carta suplicante, muestra que Ignacio concibe su cargo de gobernar, y por lo tanto de mandar, como la forma más perfecta de servir a la voluntad de sus súbditos, ayudándolos a perfeccionarse mediante la unión amorosa con la voluntad de Dios. El gobierno es algo que Ignacio ejercita por obediencia. Y la obediencia de Ignacio, es la que conecta la obediencia de sus súbditos con la voluntad Divina a través del Sumo Pontífice. Por el mando de Ignacio, la obediencia de sus súbditos, engancha con la de Ignacio; para engancharse a través de la voluntad de la Esposa con la del Esposo y a través de la de Cristo con la voluntad del Padre.

Así desciende por la cadena del mando la misión del Padre, y sube por la cadena de la obediencia la obediencia de todos (súbditos y superiores). De modo que se trata de una sola cadena, o una sola escala de Jacob, por la que en un sentido descienden los ángeles del amor-servidor como ángeles de mando y gobierno, y en otro sentido suben los ángeles del amor-servidor como ángeles de obediencia. En esa cadena, cada eslabón sujeta a otro hacia abajo y está sujeto a otro hacia arriba. Cada uno debe trasmitir fielmente hacia abajo la misión recibida de arriba y recibir dócilmente la misión que le llega de lo alto. De modo que el superior no está llamado a ser tanto un creador-inventor de consignas, cuanto más bien un fiel receptor-transmisor de misiones.

9. Ignacio: Superior por obediencia

En la consideración del Ignacio General de la Compañía, la situación de gobierno y mando en que se lo ve superficialmente, oculta la situación de obediencia, por la cual fue puesto y mantenido por otros en ese cargo contra su voluntad. Creo que es precisamente en esa obediencia romana de Ignacio a los primeros compañeros y al Papa, donde hemos de ir a buscar las mejores claves de interpretación existencial y espiritual de su doctrina acerca de la obediencia y de su estilo de gobierno. En la carta a los jesuitas de Portugal sobre la Obediencia, debe haber mucho de lo que Ignacio se dijo a sí mismo o recibió en la oración para confortarse y perseverar en su misión.

En 1541, a Ignacio le lleva nueve días aceptar el cargo. El 8 de abril es elegido, pero renuncia. El 13 de abril lo reeligen. Recién el 19 se da por vencido y acepta, dejándose uncir al cargo, del cual tirará, levantándose y cayendo por sus enfermedades.

En 1551, diez años después, renuncia al generalato en medio de una grave crisis de su enfermedad. A fines del 1550 había estado muy enfermo y durante ese año se había ocupado de escribir acerca del "Cuidado que ha de tener la Compañía del Prepósito general". Ignacio no era un mimoso. Pero a la luz de lo que está sucediendo con él mismo, piensa, posiblemente, en lo que no debería pasarle a sus sucesores.

El 3 de Enero de 1551, al comienzo de una quincena que iba a ser de cruel padecimiento físico, renuncia al generalato y se esfuerza por persuadir a sus compañeros-superiores que acepten su renuncia. A través del estilo dominado del documento, trasunta un tono suplicante, de viejo gastado y enfermo. Se revuelven las entrañas ante lo que parece insensibilidad y dureza de los primeros compañeros con el "Padre", al cual le vuelven a remachar los grillos para que siga tirando del gobierno y de la redacción de las Constituciones. (La renuncia de Ignacio puede verse en MHSJ, Epp.Ign. 3,303-304. En Obras Completas (BAC), Carta Nº 64).

Va a ser este voluntario mártir de la obediencia impuesta sobre él en 1551 el mismo que dos años después, en marzo de 1553, suplicará obediencia a los de Portugal. No es pues aventurado pensar que les hablaba "de la abundancia del propio corazón".

10. Como Cristo y por Cristo

Si leemos la Carta de la Obediencia como una ventana a los motivos que Ignacio se podía dar a sí mismo para obedecer, nos encontramos que toda la doctrina ignaciana sobre la obediencia tiene su raíz en la adhesión de Ignacio a Jesucristo. En la visión de la Storta, Ignacio había sido "puesto" por el Padre, con su Hijo. La obediencia ignaciana tiene en Jesucristo su arquetipo, su raíz, su principio y fundamento, ya que Jesús es "el que redimió por obediencia al mundo perdido por falta de ella". Como Ignacio, el jesuita, cuando obedece, debe hacerlo: "nunca mirando la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece". (Carta a los jesuitas de Portugal, sobre la Obediencia). Y esto, posiblemente, lo aplicaba Ignacio a su relación con el Papa, en los casos en que la obediencia le era dificultosa.

El misterio de la conciliación entre cosas aparentemente irreconciliables como son la libertad y la obediencia, el señorío y la sumisión, se aprende en Jesús, quien "se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Filipenses 2,8), "que aprendió sufriendo a obedecer" (Hebreos 5,8), que siendo el Maestro y el Señor, estaba entre sus discípulos como el que sirve (Juan 13,14), que no había venido a ser servido sino a servir (Marcos 10,45), cuya comida era "hacer la voluntad del Padre" (Juan 4,34; 6,38-40; 17,4; 19,30).

Ignacio, en su obediencia, no sólo se configuraba con El, sino que se unía a El. Y porque en esa obediencia estaba diariamente haciendo entrega, en el gobierno de la Compañía, de lo que tenía de más precioso, que era su voluntad - una fuerte voluntad, capaz de sobreponerse a los desfallecimientos de su cuerpo enfermo y achacoso a fuerza de amor por Dios y por todos - sabía sacar de su propio corazón, de su buen deseo: razones, argumentos y ruegos, para animarse a sí mismo y para animar a otros a seguirlo por su camino obediente.

 

11. Obediencia en una cultura desacralizadora

La desacralización, como pérdida del sentido de lo sagrado, toca también al ejercicio de la obediencia religiosa, tanto en el ejercicio del gobierno y de la autoridad del que manda, como en la sumisión del que obedece.

El idioma castellano tiene una sola palabra para los dos aspectos de esta relación de obediencia. Y para peor, mandar y obedecer, siendo en realidad dos aspectos de una misma realidad religiosa, expresan en nuestra lengua una antinomia y presentan ambas acciones en lo que tienen de opuesto o complementario y no en lo que tienen de común. Sirven más para expresar situaciones militares que la plena verdad de la relación espiritual de la obediencia religiosa. Esto no nos facilita la tarea de expresar lo que pensamos. Pero queremos intentarlo de todos modos. San Ignacio salió airosamente de esta dificultad mostrando el carácter "procesional" de la obediencia, donde el mandato del superior emana de su obediencia a otra instancia superior:

"Y lo que tengo dicho de la obediencia, tanto se entiende en los particulares para con sus inmediatos superiores, como en los Rectores y Prepósitos locales para con los Provinciales y en éstos para con el General, y en éste para quien Dios nuestro Señor le dio por Superior, que es el vicario de suyo enla tierra; porque así enteramente se guarde la subordinación y consiguientemente la unión y caridad, sin la cual el buen ser y gobierno de la compañía no puede conservarse, como el de ninguna otra congregación. Y éste es el modo con que suavemente dispone todas las cosas la divina Providencia, reduciendo las cosas ínfimas por las medias, y las medias por las sumas, a sus fines. Y así en los Ángeles hay subordinación de una jerarquía a otra" (11).

La secularización, por ser una visión irreligiosa de la existencia, destruye la visión de la cadena de obediencias, fragmenta la procesión de mediaciones de la voluntad divina, y destruye la obediencia como fenómeno religioso de comunión y comunicación que se realiza precisamente -valga la redundancia- mediante las mediaciones

La visión ignaciana de la obediencia, puede ayudarnos, tanto a súbditos como a superiores, a mantener la vivencia religiosa de la obediencia en un mundo donde la virtud de la religión está en franco proceso de deterioro y desaparición en algunos ambientes.

Lo que se ofrece a Dios en el voto de obediencia es la libertad, la voluntad, la parte más digna y alta del hombre. Un tiempo como el nuestro en que se habla tanto de los derechos del hombre y de la dignidad humana, parece bien dispuesto para entender la grandeza de lo que se ofrece. Pero quizás peor dispuesto que nunca a comprender por qué se ofrece, y menos persuadido que nunca, a falta de testimonios claros, de que esa oblación sea un acto religioso. Por eso mismo muchos vacilan y retroceden ante la oblación de su dignidad en la vida religiosa. Y no se engañan.

Los motivos de esa vacilación son complejos. En primer lugar, no se comprende por qué haya de ser ofrecida en sacrificio la más digna parte del hombre. En segundo lugar, por motivos más bien históricos y concretos, ha dejado de ser patente y visible la condición de consagrados. En parte porque se han abandonado los hábitos religiosos interiores y correlativamente los signos visibles en el vestido religioso. En parte porque no se reciben señales claras de que los "consagrados" se tengan por tales o, a veces, de que sean tenidos por tales por sus superiores. Es doloroso decirlo: Alguna vez he oído decir a algún superior, refiriéndose sobre todo a los hermanos coadjutores, que era preferible trabajar con laicos que con jesuitas. Y la razón que daba es que a los laicos uno los puede elegir según las conveniencias de la obra y despedirlos cuando convenga. Esta percepción funcionarial de la obra apostólica influye también en algunos a la hora de pedir vocaciones, a las cuales se las considera también, con una óptica poco religiosa, como personal necesario para las obras, más que como almas en camino de perfección, como llamados de Dios.

Esto es parte del fenómeno más general de la pérdida del sentido de lo sagrado que trae la cultura secularizada y secularizante al invadir los ámbitos de la vida religiosa, al filtrarse en el corazón de los consagrados, tanto súbditos como superiores. Esta infición redunda en la pérdida de identidad como consagrados. Ya no se siente la veneración por lo que pertenece a Dios, por haberle sido dedicado apartándolo de los usos profanos.

No en vano se pierde el sentido de la liturgia, el sentido de los ritos y de los símbolos, el sentido de la consagración de los objetos, y de los tiempos. El cáliz, los ornamentos, los lugares y espacios consagrados, la materia de los sacramentos, los gestos y posturas corporales. En cuanto a los tiempos, se pierde el sentido del domingo y de las fiestas de guardar. Si todo vale en esos dominios, y si da lo mismo consagrar con galletitas María que con pan con grasa, o celebrar en cualquier copa y sobre cualquier mesa o en el suelo, o gritar o fumar dentro del templo, si se puede, sin dolor, demoler por cualquier motivo un altar consagrado o destinar los templos a usos profanos, es porque se ha perdido el sentido religioso. El hombre religioso es el que percibe la diferencia entre los objetos profanos y los que han sido dedicados a Dios. Si nos preguntamos acerca de las causas de este fenómeno hay que responder que se trata de una pérdida del sentido de la realidad de Dios. No de su realidad nominal. El secularismo es gnóstico, en el sentido que sustituye a Dios por la idea de Dios. De ahí la ambigüedad de las conductas secularistas de apariencia religiosa y cristiana. El secularismo sigue manteniendo el lenguaje cristiano, pero ha cortado la comunión con las realidades nombradas. El actual secularismo es hijo de la gnosis y del nominalismo.

Lo que al desacralizado le parece mojigatería o hasta superstición, no lo es de ninguna manera para el hombre religioso.

Cuando la pérdida de la religiosidad alcanza a los mismos religiosos, y la desacralización a "la vida consagrada", se produce algo así como la irrupción de la abominación de la desolación en el lugar sagrado, con la pérdida consiguiente de identidad. Los que habían hecho profesión de buscar la perfección de la caridad por los caminos de la obediencia no saben ya quiénes son, ni lo saben los que, entre ellos, ofician de superiores. Esto da lugar por un lado a insinceridades en la sujeción y por otro a abusos y arbitrariedades en el mando; por un lado a actitudes de tiranía y dominación, por el otro a actitudes de adulación o de cinismo, de rebeldía o de huída. Por ambos extremos, a profanaciones de la libertad consagrada.

Tales abusos ponen por fin en crisis la institución misma de la autoridad y el gobierno. Por esos caminos, algunos religiosos han dado en vivir en "comunidades sin superior". De aquellos polvos vienen estos lodos. Sin sentido de la sacralidad de la obediencia consagrada, ésta no se mantiene. Profanada, se desvirtúa, tanto en la vivencia del súbdito como en la del que ejerce la autoridad.

Siendo la obediencia religiosa una forma de la caridad que desciende del Padre, se aplica a ella lo que se dice de la Caridad. Y lo primero, es que la relación de obediencia, requiere una relación de cierta simetría y reciprocidad espiritual, en lo referente a la actitud religiosa de súbdito y superior.

Observa atinadamente Santo Tomás que: "no basta la benevolencia (querer el bien del otro) para que se pueda hablar propiamente de amistad (=caridad), sino que se requiere la reciprocidad de amor; porque el amigo debe ser amado del amigo. Y esta benevolencia recíproca se funda en alguna comunicación" (Sto. Tomás de Aquino, Summa Theol., 2ª 2ae, q.23, art.1 c.). O, para decirlo en palabras de San Ignacio: "el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado y el amado al amante" (EE 231).

Lo que se comunican superior y súbdito en la relación de caridad que es la obediencia es precisamente sus voluntades sumisas a Dios. El superior ofrece una voluntad sumisa a la de Dios y que preceptúa y el súbdito retribuye con una voluntad sumisa a Dios y que acata. Así ambos se comunican su amor a Dios.

El deterioro de la relación de obediencia (sumisión-mando) religiosa puede ser bilateral o unilateral, simétrico o disimétrico.

El deterioro es bilateral y simétrico, cuando afecta tanto al súbdito como al superior, secularizados, y que han perdido, en diferentes grados, el espíritu religioso.

El deterioro es unilateral o disimétrico, cuando uno de los dos quiere vivir religiosa y sobrenaturalmente su consagración, pero no encuentra en el otro la necesaria reciprocidad. Estas situaciones son particularmente dolorosas y conflictivas para la parte fiel, superior o súbdito, según los casos. Esto se ve ejemplificado en la vida de los santos. Santa Teresa, por ejemplo, sufrió como reformadora en conventos imposibles de reformar, el drama del superior desobedecido o no reconocido. San Juan de la Cruz, sufrió el drama del súbdito de superiores inflexibles.

¿Es posible vivir la obediencia en sus vertientes de sumisión o de mando en estas condiciones? Sí. El ejemplo de Jesús y de los santos nos lo demuestra: es posible vivir la caridad aún cuando no se encuentra la respuesta de una recíproca benevolencia. Pablo lo recalca en el himno de la Caridad, que se puede cantar asimismo a la Obediencia: "La obediencia, -ya sea la que manda ya sea la que se somete-, es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (Cfr. 1 Cor 13,4-7).

En la actual crisis de la cultura religiosa, no es fácil comprender qué es la consagración. Aunque se siga usando la palabra, ya no se vive, en muchos casos, la realidad que ella nombra. Es significativo que la palabra consagración, que aún mantiene cierta fuerza significativa para denominar la consagración religiosa, haya perdido prestigio cuando se refiere a las tradicionales consagraciones piadosas (al Sagrado Corazón, o a la Virgen). En ese plano ha aparecido una resistencia tanto al uso de la palabra como a la realidad nombrada. Donde la realidad se mantiene, se prefiere hablar hoy de entrega, en un esfuerzo por recuperar la capacidad expresiva y el contacto con la realidad.

El problema de la falta de vocaciones viene de ahí. Muchos religiosos/as, aunque mantengan la continuidad de un discurso verbal, ya no trasmiten los metamensajes (Hoy tampoco es popular hablar de buen ejemplo. Metamensaje viene a decir lo mismo en forma quizás más potable para el actual paladar) que le dan eficacia.

Lo que agrega la consagración a Dios al ya altísimo valor y dignidad de la libertad, lo percibe el alma religiosa. Es un acto de la virtud de religión. La religión es una virtud moral. Y esta distinción es necesaria para distinguir entre los que siguen usando el discurso cristiano sin esa virtud y los que la viven aún cuando no sepan decir mucho acerca de ella.

Lo que se ofrece a Dios, lo que pasa a pertenecerle, es: sagrado. Ya no está destinado a fines profanos, por más altos, dignos y nobles que puedan ser en sí mismos. Pertenece a los fines del Reino y no a los fines propios.

La voluntad consagrada está destinada a unirse a la de Dios. Ya no pertenece a hombres. No pertenece al que la ha entregado, quien no puede recobrarla para sí sin sacrilegio, porque arrebataría lo que ya no le pertenece a él sino a Dios. Pero la libertad del súbdito tampoco pertenece al superior. Este, en efecto, está también sometido a la voluntad de Dios y no puede abusar de una voluntad consagrada sin, de alguna manera, incurrir en sacrilegio por la profanación de algo consagrado, o sea apoderándose humanamente de la voluntad del súbdito para planes y fines humanos, no conferidos religiosamente con Dios.

El camino obediente de San Ignacio de Loyola resulta así particularmente iluminador para orientarnos en las problemáticas situaciones que nos plantea la obediencia en esta época secularista en la que nos ha tocado vivir.

Horacio Bojorge S.J.

<hbojorge@adinet.com.uy>

http://ar.geocities.com/horaciobojorge

 

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NOTAS.

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(1) Estas reflexiones son la reelaboración de una plática de comunidad y conservan un carácter fragmentario, evocador y alusivo. Más que punto de llegada son un punto de partida que invita al estudio y a la documentación. Sin embargo, los pensamientos vertidos aquí brotan en continuidad con lo antes expuesto bajo el título: El camino Sacramental de San Ignacio de Loyola, en Stromata 47(1991)249-296, en cuanto colocan la obediencia ignaciana a la luz de la sacramentariedad, nota que caracteriza la espiritualidad ignaciana, y la consideran como un sacramental de la voluntad de Dios.

(2) Carta a los Padres y Hermanos de Portugal, 26 de marzo 1553, MHSJ Epp. Ign. 4,669-681. En la Ed. de Obras Completas, BAC, es la carta Nº 87. Ver también la Carta a los de Gandía del 27 marzo 1548, en MHSJ Epp. Ign. 2,54-56; en Obras Completas, carta Nº 39.

(3) Algunos dichos de nuestro bienaventurado Padre, MHSJ, FN III, pp.635-636, Dicho Nº 12. Véase también en el Thesaurus Spiritualis Societatis Jesu (Santander 1935) p.326

(4) "Res plena periculi est uno omnes calle cogere velle ad perfectionem: quam varia quamque multiplicia sint Spiritus Sancti dona talis non intelligit", Selectae Patris nostri Ignatii sententiae, Thesaurus...p. 327, Sentencia 8ª.

(5) "Qualis esse debeant, qui ad electionem admittuntur.[...] Secundo, praeter naturam et mores aptos, requiritur etiam ut ille, cui datur electio, eam ipse desideret et petat. Et hoc omnino necessarium est; et nullo modo alioquin dari debet, multo autem minus ingeri et obtrudi non cupienti" Directorium in Excercitia Spiritualia [Anno 1559], XXIII,2; MHSJ, Exercitia et Directoria p.689; en el Thesaurus, pp. 171-172. Tomamos en el texto la versión castellana de Miguel Lop S.J., en Ejercicios Espirituales y Directorios, Ed. Balmes, Barcelona 1964, p.460.

(6) En la pluma de Ignacio, la palabra partes se usa a menudo en el sentido de cualidades: "los que se reciben para escolares...tengan las otras partes convenientes para los estudios" (Examen c.1,14) "Si hubiese (en el candidato) algunas partes eminentes, comuníquelo el examinador al superior" (Examen c.2,32).

(7) Constituciones P.3,c.1,23 [284].

(8) Menos probable - aunque imaginable - parece que haya sido a propósito de la crisis del Padre Simón Rodríguez, porque ésta sólo culmina dos años después, en 1555, y porque, además, parece poco probable que al joven Rivadeneira le cruzara por la cabeza encarcelar a uno de los diez fundadores. No así a otros escolares o estudiantes, jóvenes como él. En cuanto a Rodríguez, no fue recluído, sino que él mismo quiso recluirse en una ermita.

(9) EE 234.

(10) Véase A. Donghi, Art.: Sacramentales, en Nuevo Diccionario de Liturgia, Ed. Paulinas, Madrid 1987, en Pág. 1792.

(11) Carta sobre la Obediencia a los Padres y Hermanos de Portugal, Roma, 1 febrero 1553 [Ep. 4, 669 – 681; en Obras Completas (BAC) Carta Nº 83] Citamos del Nº 7