LA ENSEÑANZA DE JESÚS SOBRE LA CORRECCIÓN FRATERNA,

EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN,

A LA LUZ DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

Horacio Bojorge SJ

 

En toda Comunidad, familiar, religiosa, parroquial, diocesana o también en la Comunidad de Convivencias, es necesario tener ideas claras acerca de la corrección, el perdón y la reconciliación. Esa sabiduría es necesaria para regir las relaciones familiares (entre esposos, padres e hijos, hermanos, cuñadas y parientes); en las relaciones religiosas (entre superiores y súbditos y de súbditos entre sí), en las relaciones parroquiales (entre sacerdotes y fieles) en las diocesanas (entre obispo, clero y fieles). Y en la Comunidad de Convivencias no lo es menos.

Apoyada en una doctrina evangélica clara puede surgir, cultivarse y desarrollarse una práctica de la corrección inspirada en la enseñanza y en la vida de Jesús. Corregir, perdonar y reconciliarse son parte de la cultura católica de una comunidad. Y una cultura se gesta, se aprende, se trasmite y se perfecciona. Nuestra Comunidad necesita una cultura de la corrección fraterna, del perdón –dado, pedido y recibido- y de la reconciliación. Una cultura que disponga para recibir la gracia y que colabore con la gracia recibida. El justo vive de fe. Y la gracia ayuda a vivir la corrección, el perdón y la reconciliación.

 

En la enseñanza de Jesús corrección, perdón y reconciliación son algo más que hechos morales. Son hechos religiosos y pertenecen al ejercicio de las virtudes teologales y al ejercicio de la virtud de la religión. Su meta no es la perfección moral del individuo sino la preservación del amor. En la vida y enseñanza de Jesús y sus discípulos, la corrección fraterna está al servicio de la salvaguarda de las relaciones de amistad entre las personas del Nosotros divino-humano en el que consiste la  comunión entre el Padre y entre Él y sus hermanos. La fractura de esta amistad y comunión puede venir de la ruptura o debilitamiento de cualquiera de los vínculos por ofensa entre las personas. Jesús expone tres casos de los que se deduce un cuarto:

1)      que mi hermano ofenda a Dios [relación filial-paterna]: en ese caso corresponde corregir

2)      que mi hermano me ofenda a mí [relación interfraterna]: aquí lo que corresponde es perdonar, pues Dios se hace cargo de mí y de mi causa.

3)      que yo ofenda a mi hermano y él esté teniendo algo contra mí: en este caso lo que debo hacer es pedir perdón, reconciliarme, tomando la iniciativa de ir hacia el hermano ofendido, porque Dios se hace cargo de mi hermano y de su causa.

4)      que  la ofensa al hermano encierra una ofensa a Dios, o que la lesión de cualquier relación dentro del nosotros, las lesiona a todas, de modo que el que hiere un miembro los toca a todos, de manera especial a la cabeza del Nosotros.

 

En el evangelio según San Mateo Jesús se refiere a estos tres casos y nos enseña qué hacer en cada uno. Nos esforzaremos por comprender las razones últimas de estas sabias enseñanzas y ejemplos.

La corrección fraterna se refiere y se aplica al caso en que mi hermano ofende a Dios. Cuando me ofende a mí, lo que corresponde es el perdón. Cuando mi hermano está ofendido conmigo, corresponde la reconciliación. Y la raíz profunda de esta necesidad se deduce de que sea requisito de la celebración cultual de la comunión Divino-Eclesial.

La práctica más extendida entre cristianos de una débil conciencia filial no es ésta. Se inclinan a corregir al otro cuando les molesta. Y “a no meterse en la vida ajena” cuando ofende a Dios.

Cuanto menos pesa en el ánimo de un creyente su conciencia de hijo, tanto menos pesa el celo por la gloria del Padre. A Jesús, lo consumía el celo por la casa del Padre (Jn 2,16-17), su comida era hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34) y por hacerla fue capaz de aceptar la muerte (Mt 26,39).

 

Cuando mi hermano peca, lo que está de por medio es la gloria del Padre, que es el valor supremo para Jesús, el Hijo, y también lo es para todo el que tenga corazón de Hijo y rece el Padre Nuestro con el deseo encendido de la santificación del Nombre, del advenimiento del Reino y del cumplimiento de Su Voluntad..

En el segundo caso, cuando la ofensa es contra mí,  lo que corresponde es el perdón. Perdón sin límites ni condiciones, pues no nos toca a nosotros el juicio. Sabiendo sin embargo que es el Padre el que se cuida de la gloria de sus hijos y el que corregirá a mi hermano. Y a mí, si ofendo a mi hermano (tercer caso). La integridad de los vínculos pertenece a la santidad del Nosotros divino humano y a la circulación de la caridad entre sus miembros.

Veamos los textos

 

1) Corregir al que peca

«Si tu hermano peca (*) , ve y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo el asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.17 Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. 18 «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. (Mateo 18, 15-17)

Cuando mi hermano peca contra Dios (“hamartánei” a secas), Jesús enseña que hay que corregir y determina cuál ha de ser el proceso de la corrección fraterna. Corrígelo primero aparte, luego ante dos testigos y por fin ante la Comunidad. En este caso, tanto el hijo de Dios defendiendo a solas la gloria del Padre, como cuando lo hace junto con otros dos o tres hermanos, o junto con la comunidad, están investidos de una dignidad de jueces, de la potestad eclesial que ata en el cielo lo que ata en la tierra. Esa potestad le había sido entregada particularmente a Pedro (Mateo 16,19). Ahora Jesús proclama que la tiene toda la comunidad cuando está de por medio la ofensa a Dios y la gloria del Padre y cuando la comunidad de hermanos se aúna para defender la gloria del Padre común.

[(*) Algunos manuscritos griegos, la traducción latina y algunas castellanas escriben: “si tu hermano peca contra ti” como si se tratase del mismo caso del que se trata  a continuación, en los versículos 21 y siguientes. Pero por múltiples motivos internos y externos nos parece que hay que elegir la lectura de otros manuscritos griegos y las traducciones según las cuales se trata de un pecado a secas, directamente contra Dios, y no de una ofensa de mi hermano contra mí. Es decir se trata de una ruptura de la relación filial fraterna y no de la relación interfraterna].

El que ofende a Dios es “mi hermano”. Se trata de un cristiano, de un miembro de la Iglesia y de mi comunidad creyente, no de un pagano. Al pagano, como dirá Pablo, no tengo por qué corregirlo:

“Os escribí que no os relacionárais con el que, llamándose hermano, es impuro, avaro, idólatra, ultrajador, borracho o ladrón. Con esos ¡ni comer! Pues ¿por qué voy a juzgar yo a los de afuera? ¿No es a los de dentro a los que vosotros juzgáis? A los de fuera ¡Dios los juzgará! ¡Arrojad de entre vosotros a ese malvado!” (1 Cor 5,11-13)

El hermano, en cambio, con su mal proceder ofende al Padre y ofende a la comunión santa del Padre con el Hijo y con todos los hijos. Ofende al Nosotros divino humano en cuanto tal ultrajando la relación común, el vínculo del parentesco eclesial.

 

2) Perdonar al que me ofende

“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» 22 Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.» (Mt 18, 21-22)

Pedro, investido con el poder de las llaves para perdonar las ofensas contra Dios, pregunta ahora acerca de las ofensas contra él mismo: “cuando mi hermano peca contra mí (hamartánei eis emé)”. Y Jesús, le manda perdonar setenta veces siete y confirma con la parábola del siervo malo, que su Padre no perdonará a quien no perdone a su hermano de todo corazón:

Sigue a continuación la parábola del siervo perdonado que no perdonó a su consiervo. Y la parábola termina transfiriendo al Padre celestial la indignación del amo:

“ Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.35 Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.» (Mt 18, 34-35)

Estas palabras remachan la enseñanza de la necesidad de perdonar siempre: setenta veces siete. Debo perdonar y pedir perdón por el que me ofende. Pero eso no me autoriza a minimizar el hecho mismo de ofender al hermano. Debo de usar indulgencia y perdón hacia el que me ofende pero debo ser riguroso conmigo mismo evitando ofender. Esta es la tercera faceta de la enseñanza de Jesús.

            En el mismo pasaje de Pablo donde insta a la comunidad a sacudir su indulgencia ante el incestuosos, invita a los que pleitean a renunciar a su interés. En la comunidad se daba también, como entre nosotros, la indiferencia ante las ofensas a Dios, encubierta tamaña perniciosa indulgencia con la apariencia de un respeto por la vida ajena. Y por otro lado, como entre nosotros no se daban permiso para perdonar las deudas, que viene a ser lo mismo que las ofensas. Los corintios pleiteaban por intereses. Y lo que es peor lo hacían ante tribunales paganos, escandalizando a los gentiles. Aquí, el principio que esgrime Pablo es el del perdón de las deudas: “Ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no dejaros más bien despojar? ¡Al contrario! ¡Sois vosotros los que obráis la injusticia y despojáis a los demás! ¡Y se lo hacéis a hermanos!” (1 Cor 5,7-6).

            En la base de la sabiduría cristiana del perdón está ese principio de renuncia al derecho que remonta su arquetipo al Cristo que se despoja de su gloria y toma condición de siervo (Filipenses 2,7). Ese es el ejemplo que inspira a Pablo para renunciar a su derecho de apóstol a sustentarse con el fruto de su ministerio:

“¿Por ventura no tenemos derecho...? [...] yo de ninguno de esos derechos he usado  [...] renunciando al derecho que me confiere el Evangelio" (1 Cor 9, 4.15.18 ver también vv. 6 y 12].

El mismo principio de la renuncia al derecho por el superior interés de la caridad rige la norma paulina de renunciar a las carnes inmoladas a los ídolos (1 Cor 8,7-13) y de no escandalizar a los débiles haciendo uso del derecho de los fuertes:

“Dejemos de juzgarnos los unos a los otros; juzgad, más bien, que no se debe ser motivo de tropiezo o escándalo a los débiles” (Romanos 14,13)

 

3) Reconciliarme con el que ofendí

20 «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.            

21 «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. 22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano `imbécil', será reo ante el Sanedrín; y el que le llame `renegado', será reo de la gehenna de fuego. 23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano  tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.

25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

Como se puede ver, el tema de la corrección fraterna, el perdón y la reconciliación pertenecen a la perfección de la justicia cristiana que lleva a su perfección la antigua Ley, superándola. Es la justicia de los hijos, aprendida del Hijo y que desde su conciencia filial han de vivir fraternalmente unidos entre ellos con una conciencia fraterna. En esta nueva dispensación, el valor supremo no es ya la vida, amparada en la Ley por el mandamiento no matarás, sino algo más. Algo, que sin embargo, pertenece a la perfección de la vida, pues sin ella la vida no merece ser vivida, o es como gloria fugaz de prado que se marchita En esta dispensación el valor supremo es la comunión de amistad, la perfección de la caridad que informa la red de vínculos entre los miembros del Nosotros Divino-humano eclesial.

La Ira, de la que nace el insulto, deja quizás intacto el cuerpo del otro, deja intacta su vida física biológica exterior. (Aunque todo enojo propio y ajeno, por el disgusto, es capaz de dañar la salud propia y/o ajena a través del stress y las somatizaciones emocionales). Pero no es ese el daño más grave, con ser a veces el más sensible. La ruptura de la comunión mata la perfección última que es la del otro en cuanto hermano. Corta el vínculo fraterno. Mata al hermano socialmente. El iracundo suele decir: “Se murió para mí”, “estás muerto”. Declara roto el vínculo. Y lo rompe. Se aparta del trato, o lo aparta al otro. Se aleja. Ignora al otro. Deja de mirar o mira de costado, rota la franqueza de la comunicación por la mirada.

Esta herida en la comunión no sólo daña unilateralmente la relación entre los dos hermanos. De hecho, nos dice Jesús, aparta de la comunión plena con el Padre y con Él. Entristece al Espíritu Santo. Por eso inhabilita para la celebración del culto cristiano, que es una celebración de la comunión filial-fraterna, una fiesta del Nosotros Divino-humano que se alegra en la caridad.

Esta palabra de Jesús nos enseña que la ofensa a mi hermano es también una ofensa al Padre.

Y si bien debo perdonar a mi hermano como si no estuviese ofendiendo al Padre al mismo tiempo que a mí, cuando se trata de juzgarme a mí mismo, yo no puedo excusarme de tener en cuenta que cuando he ofendido a mi hermano estoy ofendiéndolo al Padre más que a él.

En este caso, el adversario que me pone pleito mientras voy de camino es, según la explicación de los Padres del Yermo trasmitida por Doroteo de Gaza, la conciencia que me acusa. Ése es el adversario con el que tengo que reconciliarme, más aún que con mi propio hermano. Porque cortar un vínculo con el otro es amputarme a mí mismo de un vínculo. Con eso no sólo disminuyo su vida sino también la mía. Con eso todos nos empobrecemos en la participación del Espíritu Santo.

Por fin hay que observar que en este dicho de Jesús, el Padre aparece como el Go’el, el pariente protector de la vida, vengador de la sangre en el Antiguo Testamento, y en el Nuevo guardián hasta del buen nombre. Este pensamiento es por un lado consolador, porque me persuade de que el Padre vela por mí ante posibles ofensas que me inflijan mis hermanos. Pero por otro lado me disuade de obligarlo a defender a mis  hermanos contra mí, a reprimir mi injusticia al escuchar el clamor del ofendido por mí.

Pero el Padre es un Go’el  perfecto, cuya perfección ha de reflejarse en sus hijos y consiste en enviar el sol y la lluvia, bienes naturales que simbolizan también los bienes mesiánicos, a todos los hombres sin distingos morales, en un gesto de paternidad universal que invita a todos sin excepciones a entrar en los bienes de la filiación y de la fraternidad.

Por otro lado, la fraternidad entre los miembros de este Nosotros divino-humano se funda y se nutre de la adhesión de todos al Padre. Así lo reconoce Jesús al definir el verdadero parentesco y al referirse a sus discípulos como “mis hermanos, mis hermanitos más pequeños: 

“Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre"” (Mt 12.50).

 

Casos particulares: hombre mujer, matrimonio

            ¿Qué consecuencias ha derivado Jesús de estos principios para los conflictos entre hombre y mujer, esposo y esposa, hermano y hermano?

            En el mismo Sermón del Monte Jesús enseña que no es lícito al hermano esposo, hijo de Dios, repudiar a la hermana esposa hija de Dios, por motivos ni ofensas personales. Esos motivos podían ser la esterilidad, o el carácter de la mujer, o tachas de su femineidad. Jesús lo deja bien claro al exceptuar el caso en el que ha habido ofensa de Dios de por medio como es el adulterio. El adulterio, nótese bien, lo considera Jesús no como una ofensa a uno mismo, como deshonra o traición, sino como pecado contra el Señor. Quien por una ofensa personal repudia a su mujer se expone y la expone y expone a otros a ofender a Dios. Para que el Padre no sea ofendido, debe el hijo saber perdonar a quien le ofendió. Un hijo de verdad, debe saber renunciar a sus derechos por ese bien mayor que es la gloria del Padre:

“Habéis oído que se dijo: el que repudie a su mujer que le dé acta de divorcio. Pero yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una repudiada, comete adulterio”  (Mt 5, 31-32).

Cierta vez que alguien, que no era discípulo suyo, le ruega a Jesús que haga de árbitro en la división de una herencia, se niega. El tipo de fraternidad que une a esos dos hombres, no es la fraternidad del nosotros divino humano, que tiene a Jesús como Maestro y Juez:

“Uno de la gente le dijo: “Maestro, dí a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Él le respondió: ¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros? Y les dijo: “Mirad, guardaos de toda codicia, porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (Lucas 12,13-14)

Y pasa a continuación a ilustrar esta máxima de sabiduría con la parábola del hombre rico que se murió una noche planeando en ampliar sus graneros. Al final de la parábola Jesús reafirma la enseñanza anterior:

            “Así es el que atesora riquezas para sí y no es rico para Dios” (Lucas 12, 21)

Un hombre que acumula riquezas para sí, sin pensar lo que es grato a Dios, y lo que Dios aprecia, y sin atesorar esos bienes gratos a Dios, se muere, como el rico de la parábola, soñando en sus graneros, y se acabó todo. ¿Podría perdonar, un hombre así, deudas o ofensas? Si no tiene en cuenta a un Dios que funda la gratuidad, no tendría motivo ninguno para hacerlo.

           

Niveles: práctica, conciencia y corazón

            Esto nos lleva a reflexionar sobre un hecho. El modo de obrar se funda en convicciones y las convicciones en un modo de ser que se expresa en el actuar.

            Es lo que dice Pablo de Jesús. Primero invita a tener las mismas convicciones, el mismo modo de pensar y sentir que Cristo Jesús, y después pasa a describir lo que Jesús hizo. Sus sentimientos se manifestaron en obras.

“Colmad mi alegría siendo todos de un mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos [...] Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo. El cual, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo. tomando condición de siervo” (Filipenses 2, 2.5-6).

Para que pueda instalarse en una comunidad fraterna una auténtica y agraciada práctica, una verdadera y auténtica cultura de la corrección fraterna, el perdón y la reconciliación, es necesario que se instale una práctica, un estilo, un modo de obrar que brote de una conciencia primariamente filial y derivadamente fraterna. Y esa conciencia sólo puede consolidarse naciendo de un corazón filial, manso y humilde como el de Cristo. A ser Hijo de Dios sólo se puede llegar de una manera, siendo engendrado, dejándose engendrar y deseando serlo.

Por eso, quizás el Sermón del Monte termina con la curación de un leproso:

“Cuando bajó del Monte le fue siguiendo una gran muchedumbre. En esto, un leproso se le acerca y se postra ante él, diciendo: “Señor, si quieres puedes purificarme”. Él extendió la mano, lo tocó y dijo: “Quiero. Queda purificado”. Y al instante quedó puro de la lepra. Dícele entonces Jesús: “Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio” (Mt 8, 1-4).

La terribilidad de la lepra y la causa por la que hacía impuro consistía en que destruía en el hombre la semejanza y la imagen humana impresa por creación. Borraba la imagen de Dios en el hombre y lo desasemejaba a su Creador. La condición humana se compara bien con el mal de lepra, porque, por el pecado original, y por multitud de pecados actuales y de hábitos y vicios,  hemos perdido la imagen y semejanza de los hijos con el Padre . Hemos perdido la semejanza de hijos con Padre.  Sólo un milagro medicinal emanado del poder de Cristo, puede devolvernos la imagen. En nosotros está el oscuro deseo de alcanzar esa divina semejanza y esa condición filial y fraterna, a la que pertenece y de la que emana, como naturalmente, el impulso de corregir por caridad y con caridad, la capacidad de perdonar por caridad y con caridad, la fuerza para pedir perdón con humildad por caridad y en caridad.

En  Jesús está la voluntad de devolvernos la imagen y semejanza: “Quiero, queda limpio”. Y la nueva justicia de los hijos de Dios ha de servir de testimonio de que él no ha venido a abolir la ley sino a darle su cumplimiento: introducirnos en la vida y justicia de los hijos, hermanos entre sí y con Jesús.